tu única suciedad

He visto las suelas de tus pies, desnudas, estallar los charcos en cada paso. Y al llegar a la cama sentirlas resbalar por todo mi cuerpo, y que tu única suciedad fuese yo.

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“Cuando desperté, había un sol de mediodía. Juanto a mí, un jarro de café.”

Juan Rulfo, ‘Pedro Páramo.’

Y por la ventana la armada chilena atracada, cerro abajo, donde ya no quedan gatos ni graffitis, en el puerto de Valparaiso.

La señora me trae tostadas, miel, más azucar, no sé si algunos bollos. La abuela sólo ve la televisión, sin mirarla, mientras plancha, plancha y plancha.

Siempre es buen momento para otro once en Chile. O para alimentarse a base de onces. Pan y café en El café con letras, otra casa de Neruda, un ascensor por una moneda de 50, los estudiantes otra vez en lucha porque otra vez les roban el cobre, Pinochet que no ha muerto del todo y todavía se hace pajas con la Polo, pero vuelve Allende y lo mata. Se me enfría otra vez el café, me pido otro, sin piernas, atravesando de memoria La Alameda.

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miedo a volar

Es como si tuviese miedo a volar. Pero no a volar en un avión, dentro de un avión. Es miedo a salir volando por los aires. Pero no por los aires como una bomba, por una bomba. Es miedo a despegar, a flotar, a la ausencia de gravedad que sienten los astronautas. Y que no haya nada debajo de los pies.

- María Expósito; Toledo, 13 de Septiembre de 1.363.

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True Romance

8negro es un blog referencia que no puedo dejar de visitar cada noche antes de irme a la cama. Es un constante aluvión de imágenes sugerentes. Hace unos días subieron una ilustración de D.Vicente y no pude contenerme…

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Con los labios apretados.

La veo sonriendo en lo alto del tobogán, agarrándose a la barra metálica con las puntitas de los dedos casi blancas del esfuerzo. Me mira sin parar de balancearse y enseguida vuelve a fijar los ojos en la piscina; dos o tres metros más abajo. Tal vez seis, siete, ocho kilómetros más abajo. Se balancea, el socorrista le toca el hombro y el resto de niños se impacienta. Entonces me mira, pero me he movido para tener un mejor encuadre y no me encuentra. Pasan uno, dos segundos. Veinticinco o cincuenta fotogramas. O tal vez seis o siete horas en las que ella mueve la cabeza, estira el cuello, levanta un poco el culo, mueve la cabeza otra vez, abre la boca y por fin me encuentra. Agita la mano con una medio sonrisa. Hincha el pecho y aprieta mucho los labios con los mofletes a punto de explotar. Se balancea. Una, dos, tres. Creo que cierra los ojos. Sí, cierra los ojos y aprieta la boca atravesando el tobogán azul durante… No sé, pongamos que la caída dura tres minutos en los que el agua que se arrastra por el medio tubo va demasiado despacio, así que sus piececitos empujan el agua a los lados y salpican y se le llenan los ojos de gotas y cierra mucho los párpados y el agua no le deja casi respirar porque con una mano se tapa la nariz y aprieta muy fuerte los labios hasta ponerlos blancos con la melenita rubia al viento perdiendo gotas en la bajada frenética.

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Conductor cobrador

El conductor del autobús mira por el espejo a la muchacha rubia que habla por el teléfono, espera de pie a que él abra las puertas. Ya pulsó el timbre.
El autobús se detiene en la parada, ella agarra las bolsas de ropa recién comprada que tenía en el suelo. Nuevos viajeros se suben: Uno, dos, tres… Y la puerta trasera no se abre.
-¡La puerta! – grita la rubia.
Y él la mira por el espejo, se sonríe, se excita. Nunca estará más cerca de poseerla.

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un muñeco de celofán rojo

Se estremece con el calor de tu mano, fundiéndose en rojo, y se retuerce hasta la pequeña muerte del orgasmo. ¿Y qué más da su sexo si es el suyo? ¿Y qué más da su sexo si no es tuyo? Ahora eres tú el que te retuerces, porque tus manos sin su cuerpo son sólo manos, porque las manos con las que se muere ya no son las tuyas.

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Unas botas de niño manchadas

Yo no sé si tú te acuerdas de cuando tenías ocho años. Yo estaba como loco con mis botas de agua azul fosforito. Cenaba con ellas, veía la tele, iba al baño con ellas. Por dentro tenían un forro marrón, pero mamá no me dejaba usarlas sin calcetines. Por si los hongos. Después de la cena le pedía la bolsa de basura para llevarla hasta la trasera, para entretenerme por el camino buscando charcos para poder ensuciarlas. Un día tuvo que venir a buscarme. No sé cuanto tiempo estuve allí. Creo que llegó chillando que ya estaba bien, que si estaba tonto, pero luego cuando lo vio se puso pálida y se puso a gritar, me abrazó fuerte y me llevó en volandas hasta la cama, como cuando era bebé, y al dejarme en la cama no pudo quitarme las botas sin mancharse las manos de sangre. Creo que aquello tuvo mucho que ver con mis pesadillas. Siempre se me repite la misma escena. Se me parte un hueso; una pierna, un brazo, da igual. Y cuando escucho el hueso crujir me miro y es la cerda partiéndome el cuerpo con las mandíbulas, como al de Hurtado, que le sonaban las tripas, ya muerto, devoradas por la cerda igual que suenan unas botas de agua aplastando un charco de barro.

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‘El juego del otro’, VV.AA, Ed. Errata naturae

“Enciendo el televisor. Antes de que termine el corte publicitario, recibo al menos media docena de exhortaciones dirigidas a un mismo fin: ser yo, ser yo mismo, en definitiva: ser alguien y no otro. Me lo sugieren grandes empresarios del calzado deportivo, del sector del automóvil, de la seductora industria del perfume. Pero ya llevo años persiguiéndome y, con sinceridad, me estoy cansando de correr, ¿no te pasa a ti?”

A la entrada del edificio había una chica que llevaba botas militares, leggings negros y falda por encima de las rodillas a juego, un cinturón macarra con hebilla ochentera y una chupa marrón muy usada con la cremallera subida hasta el cuello. Sobre los hombros le caía una melena morena y rizada. Tenía la cara tapada con una máscara absurda pero elegante.

Buscó mi nombre en el par de folios ya manoseados trazando una línea con el bolígrafo que iba sobrevolando las iniciales de los registrados. Por supuesto que mi nombre no iba a estar, pero sabiendo cómo se las gastan los de ‘Errata naturae’ en las presentaciones de sus libros no me lo iba a perder.ElJuegoDelOtro

-¿Y tampoco has traído máscara?

-No sabía que fuese imprescindible.

-Oye, ¿tienes algo que ver con el escritor?

La típica pregunta que siempre respondo de la misma manera. “No, no tengo nada que ver. Mi padre es alemán, allí es bastante común.” Por lo que fuese me dejó pasar. Dentro todos llevaban máscara.

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de editores bocazas

Todos los protagonistas de mis novelas han acabado muertos; suicidios o muertes violentas -destino trágico para contrastar con la aburrida cotidianidad de Madrid2010. Mi editora me pide que pare con este sentimiento de escritor psicópata como dice ella, de ciudadano cobarde como pienso yo.

-La gente se está aburriendo de lo mismo. Tus novelas son precedibl

Y antes de que terminase la frase he desenfundado la pluma con tinta roja de firmar ejemplares y le he atravesado la carótida izquierda. Los editores muertos no publican novelas, pero la mezcla de rojos en el suelo de azulejos blancos ha sido bonita.

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